Para drogarse, existen dos razones principales. A saber: Escapar de una realidad inaguantable, o, Alcanzar un estado de percepción alterado/elevado/sobreconcientizado.
Sobre la primera razón, al tratarla, no deja de embargarme un poco de... desdén. Aquél que se droga para evitar vivir la propia vida, porque ya está fuera de sus manos y no es capaz (o más bien no se siente capaz) de retomar las riendas, me parece que lo que le hace falta es valentía. Para matarse, que sería la decisión de escape/renuncia definitiva. Pero no se atreve... y se droga. Creo que en este caso, sería mero síntoma de debilidad. Cada uno se destruye como quiere, de acuerdo, de algo hay que morir, también de acuerdo, pero eso de estirarlo por simplemente no atreverse a saltar de un techo, me parece... mediocre.
Sobre los estados de percepción alterados, la historia es casi tan larga como la inteligencia misma. Los enteógenos, un tipo de alucinógenos, se usan desde el año de la cocoa en rituales chamánicos, y han ido atravesando la historia, hasta la princesa de nuestros días, el Ácido Lisérgico o good old LSD, que posee hasta su propio arte.
Mucho se ha discutido sobre estos agentes. Algunos los odian (¿porqué tenía que destruirse Syd Barret tan joven?), otros los aman (Barret más, Barret menos, Pink Floyd es un gran grupo). Existe el Acid Art, existen las meditaciones de ácido, existe Castaneda y el boom del peyote, existe la freakie costumbre de chupar ciertos sapos que destilan alucinógenos, existen inocentes boy scouts con sorprendentes conocimientos de setas y cada vez mayor interés en micología. No me voy a meter a hablarles de todo eso acá, para investigar está el internet... para opinar está el bló.
Existe un cierto nivel de controversia respecto de estos productos. Sus defensores argumentan que permiten recibir estímulos con mucha mayor potencia y precisión; sus detractores, que en verdad lo que hacen es inducir al cerebro a deformar los estímulos que recibe naturalmente. Independiente de esto, hay dos cosas que, si generalizamos, no son "obviables". Primero, que la percepción cambia bajo el estado inducido por el alucinógeno. Segundo, que el uso sistemático de estas sustancias provoca un daño igual de sistemático.
Abordemos estos principios desde diferentes ópticas.
Desde el punto de vista artístico, el uso de alucinógenos/enteógenos es primariamente reconocido en lo musical (cosa de recordar la escena del rock psicodélico setentero); sin embargo, también hay casos para la literatura (Ojos de Perro Azul, por ejemplo, un grandioso y surrealista compendio de cuentos de Gabriel García Márquez, supuestamente escrito bajo efectos alucinógenos), pintura (el op-art, la pintura de Jackson Pollock); ahora bien, casi siempre podemos estar de acuerdo en que un artista genera arte mediante la comunicación con su entorno. Muy semidioses podrán ser los grandes maestros, pero son lo que son en la medida que experimentan; que perciben. Su realidad mental, emocional, la que elijáis, está configurada por su sistema de percepción de la realidad. Obviamente, alteremos el sistema perceptor, y obtendremos una alteración en el universo creativo y por ende, en el producto artístico, el plasmar del arte. Fabuloso entonces, la alteración de percepción nos conduce a un producto artístico nuevo, hijo de una realidad "inexistente/modificada en su percepción". El gran problema... es que el segundo postulado de trabajo nos dice que este accionar nos traerá daño como consecuencia. Y este daño es perpetrado justamente en el centro elaborador: aquél encargado con la delicadísima tarea de coordinar las percepciones que recibimos.
Mi pregunta, humildemente: ¿Vale la pena un producto que se salga de lo común, en principio, con el coste de simplemente perder la capacidad de producir, luego? Creo que no. Algunos alegan que este "daño", no es tal, pero, después de ver a Barret, a Frusciante, a González, a tantos que ya no podían ni agarrar la guitarra... creo que daño es la palabra más adecuada. La incapacidad del cerebro de funcionar, de coordinar sin la sustancia, destruye la posibilidad de hacer "arte" con esta nueva percepción: la voluntad está muerta (léanse lo del lesbianismo, no me pongo a definir arte de nuevo).
Desde el lado intelectual, hay algunos que defienden el uso de la droga como potenciador. Sin embargo, estos efectos de potenciación se logran de una forma demasiado destructiva como para ser eficiente a largo plazo (Estoy suponiendo que el lector tiene los conocimientos básicos del mecanismo de funcionamiento droga/neurotransmisor).
Finalmente, apelo a un factor de orgullo. Porque perfectamente, contra todo lo que he dicho anteriormente (que aunque pareciese una campaña de prevención de consumo, no lo es, sólo son las conclusiones a las que llegué... ¿cómo era? a, sí, pensando), algún listillo podría salir con un argumento perfectamente admisible: "¿Para qué durar para siempre? El humano es una mota en el viento, intrascendente... no hay para qué ultracuidar la maquinita neuronal". Hmpf. Si bien yo sí quiero cuidar mi maquinita neuronal (creo que es lo único levemente pasable de mi persona en general), para aquellos que no, pues bien, ¡orgullo!. Crear siempre dependientes de sobreactivar el sistema nervioso... ¿acaso es muy débil per se? Es como si nosotros mismos no fuésemos creadores, sino simplemente el puente entre un supuesto dios (la droga) y su producto, el arte.
Entrando en consideraciones religiosas... no las voy a discutir, pues creo que sería no entender cómo funcionan realmente estas sustancias.

Ahora bien, esa es mi opinión de porqué no usaría drogas para alterar mi estado de conciencia: en definitiva, el precio es demasiado alto, y mi orgullo se resentiría de una dependencia.
Sin embargo, no me gustaría dejar ese "mundo" sin descubrir... Aquí entra un poco de experimentalidad personal. Todas las drogas funcionan con mecanismos, a grosso modo, muy similares: activando o desactivando vías sinápticas. Es decir, regulan, en duración y frecuencia, nuestras descargas neuronales (recordemos que una neurona no mide parámetros de intensidad). Todas aquellas vías neuronales cuentan con un transmisor propio. Es decir, lo que las drogas hacen es potenciar o inhibir procesos que naturalemente ocurren en nuestro cerebro; no crean "procesos cerebrales" nuevos. La problématica es que esa potenciación/inhibición es desordenada, lo que no le permite al cuerpo, con las herramientas que posee, "hacerse cargo" de él.
Pero, entonces, ¿qué sería de ese mismo proceso, realizado de forma voluntaria, evitando el desorden y por ende la destrucción neuronal? ¿Podemos llegar a autoinducir un aumento de nuestras vías dopamínicas, de nuestros sistemas de serotonina?
Sí.
Ciertos tipos de música, escuchada (o tocada por uno mismo) en ambientes especiales, es capaz de lograr una cambio en el patrón de actividad cerebral. Esto hasta ahora se ha investigado someramente, con énfasis puesto en lo cognitivo (lo conocemos como "efecto Mozart", y otros nombres similares), y en menor medida, en lo afectivo (en este caso, "musicoterapia"). Sin embargo, las posibilidades de ello son absolutamente un misterio hasta ahora. Hay miles de músicas por probar, miles de ambientes por incluir en el experimento.
De hecho, los sistemas de entrenamiento físico - mentales orientales, y las religiones que incluyen fuertemente el elemento "trance", lo que logran, es justamente, alterar el bioritmo, y con ello, el metabolismo cerebral.
Lo que sí hay que tener claro, es que nuestro cerebro está en nuestras manos. Ésta es la invitación del artículo de hoy. Sí podemos dominar nuestras sinapsis, es cosa de hacerse el tiempo, las ganas... y probar.