... y escribía en él lo que sucedía en esa jalea que llamamos día, en esa sopa que son los tiempos. ¿Y qué hay, qué tiempos? de cuatro cuartos, hay, hay Filarmónica de Santiago, hay Schubert, hay Schubert y la Inconclusa, oh madres, una obra maestra en dos movimientos. Apasionante, cuando menos. Me voló la cabeza. Y más importante aún, la regla de oro que jamás me ha fallado so far: Siempre, siempre, hay una cellista que es un gusto de mirarse. La de hoy tenía, tenía esa manera de sentarse, y su espalda (que a la sazón y a dioses gracias iba a medio descubrir), el juego con su hombro, la tensión y el relajo, ese mecanismo de cuerdas y poleas que se adivinaba debajo de su piel; la forma fría y seca de hacer volar sus manos en el mástil, la altanería ausente para no estar allí con ninguna parte de su cuerpo que no fuera su espalda doblada bajo la caricia violenta de su propia interpretación. Un dulce castaño. Y Schubert, y la Inconclusa, y los violines contra las maderas, esa niña que parecía que se aplastaba bajo el trombón pero no.

Jalea de hoy. Ya veremos mañana.

(no es ella. But you get the idea. Foto: Ben Rice)