Don Moncho nos explicaba que desde el tiempo primitivo el hombre se ha arogado la potencia de construir y habitar en el espacio-situación pero que es una apuesta muerta mientras no haya una con-probación empírica/conceptual que saque del área misteriosa de lo factual y lleve al plano de lo cognoscido a dicha condición. Nos explicaba que mientras un área permaneciese des-construida y des-habitada, se constituía en un no-espacio del cual podía corroborarse una existencia perpetrable por ausencia: demostrábase así ab-negatio la entonces válida propuesta constructora-habitadora, en definitiva, posesora, del ente humano. Don Moncho le daba permiso a la ciudad.